Daniel, 25 años, Arica – Parte I

DanielHola a todos los amigos de Joven Confundido. Primero que todo, me gustaría agradecer a su fundador, Luis Larraín. Además de dar las gracias a quienes trabajan allí y permiten compartir mi testimonio y por supuesto quiero reconocer especialmente a Jaime Parada Hoyl, quién es también protagonista de mi historia. Espero que mi testimonio sea de mucha ayuda para muchos y muchas que se sienten desesperanzados, deprimidos y que piensen que no tienen salida. Este testimonio es para ustedes.

Un poco de mi historia…

Mi nombre es Daniel, soy de Arica, Chile. Desde principios de este año 2014 vivo en la capital, Santiago. Tengo 25 años y a mediados de Abril cumplo los 26. En mi grupo familiar somos 6 hermanos, soy el tercero de ellos. Digo ellos porque somos todos hombres y en mi familia no hay homosexuales.

He permanecido todo este tiempo dentro del closet y sin vivir ningún tipo de experiencia homosexual y menos una heterosexual forzada. Realmente no logro entender a la gente que es capaz de sostener esto, e incluso formar una familia heterosexual, sabiendo que ellos son homosexuales. Para todos asumirse como homosexual es difícil, claramente para aquellos que tomaron ese camino, más difícil aún.

De niño tenía muchos amigos y era sociable, pero luego cuando llegué a la pubertad y la adolescencia y me di cuenta que era diferente a mis hermanos y amigos, decidí alejarme. Empecé a aislarme, no quería estar con amigos y que me gustara alguno de ellos. Tus amigos heterosexuales siempre querrán ir a un café “con piernas”, salir a buscar chicas o incluso querer ir a un prostíbulo. Situaciones que me sucedieron. Y por otro lado, están las amigas, y si eres guapo, inteligente y divertido, llegas a gustarles. Algunas te invitan a salir o se te declaran u otras más valientes tratan de robarte un beso. Situaciones que también me sucedieron y fueron muy incómodas.

Para no tener que mentir sobre mi orientación sexual, preferí estar siempre solo, durante el colegio, la universidad y mi vida laboral, así yo no tendría que mentirle a nadie. Tampoco estaba dispuesto a vivir una doble vida.

En noviembre del año 2012, hace un poco más de un año y cuatro meses, fallece mi padre. Ese hecho nos marcó a todos y para siempre. Digo padre, pero biológicamente no lo era, él me crío, y yo creo que es eso lo que finalmente cuenta. En esa dura prueba de la vida, me tocó ser el fuerte, hacerme cargo, ponerme los pantalones. Me encargué del funeral, avisar a otros familiares y amigos de la familia, dar aviso en el periódico.

Cuando finalmente lo sepultamos, me hice cargo de gestionar los papeles y trámites legales de posesión efectiva, pensiones de sobrevivencia, cerrar cuentas, entre otras tareas. Todo para evitar que el resto de mi familia lidiara con esos trámites tan horribles y fríos. Realmente sentía el compromiso de hacerme cargo de todo. Nunca podré saber si mi padre hubiera llegado a aceptarme o más aún sentir orgullo de tener su hijo gay.

Con la muerte de mi padre, la idea de salir del clóset empezó a tomar mayor fuerza, pero al mismo tiempo ésta declinaba. Por un lado, pensaba ¿qué peor experiencia que perder a un ser querido?, que mi familia sepa que soy gay no debería ser tan terrible después de lo que ya vivimos. Pero por otro lado, pensaba que recién perdimos al papá, que duro que mi familia además tenga que preocuparse de tener un homosexual en la familia. Cuando los tuyos lo han pasado tan mal, quieres evitarles cualquier problema, dolor y preocupación. A mí, al menos me pasó eso. Y como no, sólo bastaba con recordar la cara de mi madre, de mis hermanos, sus llantos, sus gritos desgarradores, su desesperación tras la muerte de mi padre. Simplemente yo no era capaz.

Recuerdo que mi padre siempre estuvo muy orgulloso de mí, me lo dijo en varias oportunidades, como también sé, fueron palabras que no se las dijo a mis otros hermanos. Papá solía decir que estaba orgulloso de mí por haber sido tan buen estudiante durante el colegio, saqué varias veces el primer lugar. En la Universidad salí dentro de los mejores de mi generación, terminé la carrera a los 22 años. Conseguí inmediatamente trabajo en la misma Universidad. Trabajaba duro, era dedicado, ayudaba en casa, tomaba cursos y capacitaciones, cosa que ninguno de mis hermanos hacía, o no al menos en forma paralela.

Siempre él destacó que fuera tan centrado y decidido en las cosas que hacía. Cosa que decía mis hermanos no tenían, incluso que él mismo carecía de esa virtud. Mi padre solía decirme sus penas, sus sueños y anhelos, las peleas con mamá, cual de mis hermanos era su favorito y por qué. Ese hijo favorito no era yo, sino que mi hermano más pequeño. Me contó eso, entre muchas otras cosas. Creo que no cualquier papá confiesa eso a uno de sus hijos, pero valoro mucho esa confidencia compartida conmigo.

Lamento mucho no haber correspondido a esa confianza y haberle manifestado algo importante a él también. Mi orientación sexual. En mis momentos más oscuros, de mayor sufrimiento, pena y dolor y tal como le pasa a muchos jóvenes homosexuales, la idea del suicidio siempre estuvo, y por supuesto que no soy la excepción. Sabía que no podía cambiar lo que era, por más que quisiera y lo intentará nunca iba a lograrlo.

Quería arreglar o curar lo que soy, pero en ese momento no entendía que no había nada malo que arreglar y nada de curar, porque nunca estuve enfermo. Debo reconocer que siempre he hallado motivos para no cometer suicidio, por sobre motivos para sí llevarlo a cabo. Lamentablemente, esos motivos tienes más que ver con terceros que conmigo mismo. Como por ejemplo: el enorme dolor que le generaría a mi familia, especialmente a mi madre, quién ya perdió a mi padre y conmigo, a uno de sus hijos. Eso sería lo más terrible para ella o cualquier madre. Creo que mi mamá no sería capaz de soportarlo.

Otra idea para no quitarme la vida, era que con mi muerte, mi familia perdería la gran ayuda económica que les brindo. En decir, que siempre veía el otro punto de vista, el dolor de los demás. No veía la idea de no acabar con mi vida, desde la perspectiva de la cual debería ser y la más importante, mi deseo de vivir, de amar, de salir adelante y ser feliz. De todos modos, siento soy un hombre resiliente y que todo lo que he vivido y he aprendido me ha hecho más fuerte.

A pesar que estaba solo y me sentía perdido, yo mismo me daba ánimo, después de todo no me atrevía a compartir mis emociones con alguien, ya que no me atrevía a confiar a alguien mi orientación sexual. Siempre dude de confesar lo que realmente soy a mi padre, a mi madre y a mis hermanos, como sospecho nos pasa a todos. Las razones para no decirlo son tantas, que parecían ser muy superiores a las razones por las cuales si vale la pena hacerlo. Pero créanme cuando les digo ¡Qué vale la pena!

continuará…

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