Mijail, 27 años, Lima, Perú

his friendHola,

Hace unas horas estuve compartiendo unos twits con su cuenta en Twitter y me indicaron que a través de este e-mail podría también compartir mi testimonio. Lo cierto es que me encanta su propuesta.

Actualmente, tengo 27 años, y me considero un ‘sobreviviente’, por eso mi blog básicamente comparte aquellas experiencias que tuve alguna vez como joven confundido que fui y que marcaron poco a poco al adulto que he llegado a ser. Siempre he creído que Todos tenemos una gran historia que contar, y hacer especiales nuestras experiencias, es por eso que, ahora que he concluido con las historias del blog, me he dado cuenta que ha sido un recorrido de 160 días, muy intenso, en el que narro cada lágrima, cada vivencia, cada una de esas cosas que a todo joven suele atormentar, y nos hace creer que es el fin, que no hay un mañana y que todo está mal…. El resultado de este recorrido es que confirmo fehacientemente que siempre todo tiene un sentido en la vida, y que si nos lo proponemos, nuestra historia puede llegar a tener un final feliz.

Eso es lo que he querido lograr y espero haberlo conseguido, por eso estoy más que complacido de poder compartir con ustedes el post más representativo de mis 160 historias, al cual llamé “ANORMAL / NORMAL”…

Gracias y que sigan los éxitos con su trabajo, en serio, de todo corazón muchas gracias por crear esta excelente plataforma.

“ANORMAL / NORMAL”.

13 años atrás…

“Tu nariz es inmensa, ¿No te has dado cuenta?”, sí, mi nariz era inmensa, y ese era el argumento más usado para poder hacerme sentir infeliz en el colegio. Pero no solo eso, también tenía los cabellos trinchudos, los dientes completamente chuecos y era extremadamente flaco. Como aquellos pollitos mojados que salen del cascaron, flacos, enjutos y sin pelo, así me sentía yo, así me veían a mí.

Estaba decidido a operarme la nariz cuando sea grande. Era mi máximo sueño. A pesar de que no cumplía ni los 14 años, ya me había puesto a ahorrar (de las cutras) para poder tener en algún momento el dinero suficiente para acabar con mi mal y ser completamente NORMAL.

Un día, saliendo de la escuela, uno de los anti narizones (como los bauticé), me dijo que había dejado un regalo en mi mochila y que quería que lo abriera delante de él. Yo quise seguir adelante, pero me detuvo y me pidió que abra mi mochila a la fuerza. Me negué e intenté pelear. Pero no muchas veces el pollito flaco vence al pavo gordo, así que en un abrir y cerrar de ojos terminó arrojándome contra el suelo y mis cuadernos quedaron al descubierto. Vi su regalo. Todas las hojas de mi cuaderno, garabateadas con una sola frase.

“ANORMAL”.

Esa noche…

Lo tomé, lo bebí, digerí hasta la última gota aquel veneno para ratas que compré en la tienda, para dejar de ver a aquellas ratas que atormentaban mi mundo. Sentí el jugo de naranja que mi madre había preparado con mucho amor para mí, ingresar amargamente dentro de mi cuerpo. Me senté sobre la cama y respiré profundamente mientras esperaba paciente la muerte.

No sentía nada. Sólo el silencio de aquella noche fría de invierno con los grillos cantando mi partida. “¿Y así es como acaba todo?”,  me preguntaba a mí mismo, deseando haber tenido otro final mucho más bonito. No había nadie en casa, así que era el momento perfecto para irme sin despedidas dolorosas.

El cantar de los grillos se hacía cada vez más intenso, más fuerte, más insoportable, y de pronto me di cuenta que comenzaba el inicio del final. Me empezó a arder el estómago como si tuviese varillas de fuego clavadas en mis entrañas. Los grillos seguían cantando, mis oídos me retumbaban más y el dolor se volvió tan intenso que ya ni lo sentía pues de pronto ya no era parte de este mundo… y los grillos dejaron de cantar.

Y hubo un después…

Me introdujeron dos tubos largos por la nariz, de la manera más tosca y desesperada posible. Sentí que me quebraban la cara del fuerte impacto que hacían para poder hacer entrar la totalidad del tubo. Yo gritaba, quería escapar pero me tenían atado. No quería que me salven, no quería continuar, me había sentido tan en paz los pocos minutos que me alejé del mundo, que maldecía a todos los que intentaban regresarme a él. Me tuvieron que  sedar y nuevamente ingresé a un estado de paz, pero esta vez sí sentía el fuerte olor a mundo, y veía como seguían moviendo esos tubos dentro de mí estómago, y al otro extremo, mi madre lloraba desesperada mientras era sujetada por mi papá…

Y hubo otro después…

Estaba en cama, lo primero que vi era el techo del hospital, completamente blanco. Ahora tenía otros tubos en mi cara además de aquellos que me colocaron en los brazos. Apenas podía moverme. Me toqué la nariz y me di cuenta que ésta se encontraba  hinchada. Si me jodían hasta entonces por lo narizón, sabía que mi segunda parte después de sobrevivir a la muerte, sería doblemente desdichada…

Más tarde esa noche…

Me desperté a media noche al escuchar el llanto ensordecedor de un chiquito cuya cama estaba al lado mío. Estaba gritando mientras lo inyectaban una y otra vez y le introducían tubos por la nariz. ¿Se habrá intentado matar también?-Pensé.

La convivencia…

Me habían ubicado en el mismo pabellón que los niños pues a mis catorce años, aún era uno. La verdad, me daba igual donde estaba, lo que yo quería era no estar. Me di cuenta los días siguientes que las inyecciones y gritos demenciales serían mis acompañantes durante toda mi semana en ese hospital. Al día siguiente, una enfermera con la que me encariñé mucho, me contó que Manuelito, el niño con el cual compartía el cuarto, tenía una enfermedad muy dura y debían hacerle esa intervención dolorosa todos los días por el resto de su vida. Esto me lo contó bajito, mientras la madre de Manuelito trataba de convencerlo para que coma la mazamorra de melocotón que nos daban a todos. Lo miré con mucha pena, pero él ni se inmutaba de mi presencia.

Dos días después, bajaron a nuestra habitación a Julián, otro niño de 8 años que se convirtió en mi compañero más cercano. Él tenía viviendo en el hospital 2 largos años y se conocía al revés  y al derecho todos los pisos y a todas las enfermeras y doctores. Sabía tanto que inclusive controlaba muy bien mis medicinas y me decía todo lo que podía y no podía hacer dentro del hospital.

-Aquí te vas a quedar mucho tiempo, como yo… pero no te preocupes, ya te vas a acostumbrar…”- Me decía a modo de consuelo cada vez que me ponía a llorar en mi cama.

Él siempre quería que nos pusiéramos a jugar y yo sólo quería quedarme en mi cama todo el día. Había hecho una pelota a base de medias de lana y se ponía a jugar siempre a un lado de mi cama. Era muy insistente, y comenzaba a fastidiarme, así que recuerdo que le dije – No me gusta el fútbol, ¿Por qué mejor no juegas con ese niño? , señalando al Manuelito. Él me quedó mirando sorprendido y me respondió “Porque él no sabe jugar”. Me mintió, porque sabía muy bien que el niño nos estaba escuchando. La verdad era que había estado tan desconectado de mi entorno los primeros días, que no me había percatado hasta entonces que Manuelito no podía caminar.

Me sentí tan mal que agarré la pelota de trapo yo mismo y desde ese momento  me puse a jugar con él a cada rato. Era notoria nuestra diferencia de edad, pero me olvidé por completo de esos detalles y simplemente me volví un niño de 8 años más. Las enfermeras se alegraron de verme jugar y nos sonreían a ambos mientras él parecía estar súper emocionado de haber encontrado alguien con quien poder hacerlo.

Julián, aparentemente un niño normal, tenía mucha vitalidad y sonreía a cada instante. Su pequeño problema era que sufría de cardiomiopatía congénita. Aquella maldita enfermedad que se cruzó por primera vez en mi vida a los 14 años, la segunda vez fue aún más trágica, pero no es momento aún de contarla.

Julián estaba luchando por su vida a diario, y su corazón cada vez se hacía más grande, en el sentido menos figurado de la expresión. No podía agitarse, pero a pesar de que las enfermeras se lo advertían una y otra vez, él era un niño alegre, no podían detenerlo.

Jamás conocí a los padres de Julián, ellos vivían en provincia y a las justas tenían dinero para visitar a su hijo. Ese era el motivo por el cual él se aferraba tanto a mí. Se sentía inmensamente solo y le alegraba mucho tenerme con él, pues como él mismo me dijo alguna vez: “Me gusta jugar contigo, porque tú eres ‘NORMAL’ y sí podemos jugar…”

“Soy NORMAL…” pensé.

El Génesis…

En el hospital me pidieron seguir una terapia sicológica obligatoria. Fue la primera vez en mi vida que le conté a alguien que sufría mucho por no tener amigos y no sentir que pertenecía a algún lugar. La primera vez que confesé a alguien que era homosexual y que me moría de miedo de ser maltratado y rechazado si alguna vez lo descubrían mis familiares, pues en verdad no tenía muchos referentes de hombres que se sentían atraídos por otros hombres, todos los que me presentaba la televisión eran personajes exagerados, de colores y condenados a ser blanco de burlas y tomadas de pelo absurdas, o incluso pensaba que me volvería una mujer, a pesar de no sentir que tenía escondida una dentro de mí. Me sentía solo, raro, único en este mundo, con mi gran problema.

La sicóloga me escuchó atentamente y me abrazó fuerte en el instante en que me quebré pues en verdad nunca antes había exteriorizado todo lo que hasta ese entonces sólo había conversado conmigo mismo.

Recuerdo muy bien aquella frase que me dijo y que marcó el inicio de toda mi aventura: “¡Tienes muchas cosas que hacer, muchas historias que contar! Si no lo haces tú, ¿quién más lo hará, Mijaíl?”, y fue así que me pidió que escribiera una lista con todas las cosas que yo quería lograr cuando llegue a adulto. Y me propuse viajar en el tiempo, al año 2012.

A partir del día en que salí del hospital, decidí luchar, no sólo por mí, sino en nombre de ese par de niños valientes que me habían demostrado con su historia, que yo no era un ANORMAL, como me habían hecho creer hasta entonces, y que estaba siendo un cobarde por no luchar por mis sueños. Me enseñaron a quererme y a querer mucho a mi nariz… y con los años comprendí que un pollito remojado e inseguro, puede convertirse en un pollo muy feliz, ¡y que incluso puede volar!, a pesar de que todos le digan a diario que solo los patos pueden hacerlo…  y es que tal vez soy un pollo ANORMAL :)

2 comentarios URL corta
Ricardo, 21 años, Las Condes
Hola a todos. Bueno, quería aprovechar este espacio para contarles un poco sobre mi historia y cómo fue mi proceso de ir aceptándome y conociéndome, pero en particular cuando le conté a mis padres. Todo partió en el colegio: yo tenía una relación muy cercana con un compañero de colegio pero nunca fu...
Pedro, 29 años, Providencia. Chile.
Oveja negra Wow! Por dónde empiezo a contar mi historia!? Por mi nombre sería más fácil: Pedro. He leído varias historias en este blog y la verdad es que me han ayudado bastante para identificarme con varios testimonios. Lo único distinto, y que me produce por un lado cierta desventaja, es que son ...
Focus Group chicas lesbianas!!

2 Respuestas a “Mijail, 27 años, Lima, Perú”

  1. Kena 23 enero 2013 14:25 pm #

    Awww es una hermosa historia.
    Todos en algún momento nos sentimos anormales, pero ¿ Quien es normal ?
    Luchar por nuestros sueños es lo mas hermoso que podemos hacer por nosotros mismos.

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  2. Juanpablo 27 enero 2013 23:49 pm #

    Hermoso! creo que todos los que pertenecemos a una diversidad sexual fuera de la heterosexual pasamos por momentos similares de definición personal del término “normal”, en mi caso fue la batalla interna diaria pero al momento de superarla me dí cuenta que lo único NORMALl es el ciclo de lavado de las lavadoras.

    Me encanta conocer personas LGBT que abrazan su singularidad dándose cuenta que son estas mismas características las que nos construyen, y ese es el primer paso para vivir plenamente, con paz personal.

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