Pedro, 25 años, Valdivia

Mi nombre es Pedro Muñoz Leiva. Nací en Loncoche, pequeña ciudad del sur de la Araucanía, en el seno de una familia evangélica pentecostal y muy estricta. Hijo de padre obrero y madre asesora del hogar, soy el tercero de cuatro hermanos; dos mujeres y un hombre. Desde que tuve consciencia de mí sé que soy homosexual. Tengo 25 años.

Estudié hasta cuarto medio en Loncoche y luego me vine a vivir a Valdivia, ciudad donde entré a estudiar Derecho a la Universidad Austral de Chile y en la que luego, junto a un par de amigos, fundamos Valdiversa, una organización que lucha por los derechos humanos de la diversidad sexual en Valdivia y la Región de los Ríos.

El 27 de febrero de 2010, aproximadamente dos horas antes del terremoto, le conté a mi mamá que soy gay. Esa fecha marcó el final de una etapa y el comienzo de otra en mi vida. Revelar algo que permanece durante toda la vida guardado como un secreto terrible y peligroso es, sin lugar a dudas, un paso fundamental en la existencia de cualquier persona con una identidad no heterosexual. Decírselo a mi mamá fue trascendental.

Hasta los 18 años siempre pensé en ser lo suficientemente adulto y tener una buena cantidad de dinero para largarme fuera del país y empezar una nueva vida, a Holanda o en cualquier caso a algún otro país liberal donde nadie me conociera. En ese tiempo en una ciudad como Loncoche las perspectivas de futuro para un homosexual eran escasas y la orientación sexual simplemente no estaba dentro de las discusiones políticas del país. Al menos no con la notoriedad de hoy. La heterosexualidad, con más presión que hoy, era obligatoria.

El día del terremoto tomé abruptamente la decisión. Iba tarde camino a mi casa y sentí la necesidad de contarlo. Hace tiempo le venía dando vueltas a la idea en mi cabeza. Contarlo había sido la elección, cuándo hacerlo era la pregunta que esa noche había resuelto: apenas llegara a mi casa. Nunca más olvidaría esa fecha.

Llegar a tomar esa decisión fue un proceso de años. No se me hizo fácil. Partió en la más tierna infancia, fue difícil, largo, agotador y con obstáculos, como le ocurre aún a la mayoría. En mi caso, al provenir de una familia cristiana el reproche estuvo siempre presente; en la Biblia, en el entorno, en las prédicas, en mis pensamientos, en Dios. Lloré muchas veces y me sentí mal mucho tiempo porque nunca me fijaba en mis compañeritas y sí en mis compañeritos.

El Dios de mi casa era “omnipotente” y “omnisciente”, entonces conocía todos mis pensamientos, mis sentimientos, mis deseos y, por supuesto, mis costumbres. El Dios de mi casa llevaba registro en un libro de mis buenas y malas acciones, de mis buenos y malos pensamientos y al final de nuestros días, cuando los ángeles tocaran las trompetas anunciando su venida, en la hora del juicio final, ese libro se abriría y yo quedaría completamente en evidencia y sometido a la máxima vergüenza y al máximo deshonor, sin poder negar nada, sin poder defenderme. Si yo lograba ocultar mi homosexualidad durante mi vida terrenal, luego, en las puertas de la vida eterna ya nada podría hacer. El infierno sería mi lugar por pecador y malo.

Así transitó mi infancia. Pocas veces estuve tranquilo. Pocas veces estuve en paz. Siempre con miedo desgastándome en no ser. Después, cuando me di cuenta de que no había vuelta atrás, me desgasté en ocultarlo, me esforcé para que nadie sepa, tuve cuidado de no hacer ningún gesto, ni comentario, ni mirada, ni ademán que me delate. La meta era no dar origen “pensamiento homosexual” alguno.

Obviamente, no lo logré del todo y como es común en este país, muchas veces me gritaron “marica”, “hueco”, “fleto”, “colipato” y más sutilmente “gay”. Y eso no sólo sucedió cuando era un niño. Si bien en la universidad se encuentra un ambiente de mayor respeto a las diferencias, la hipocresía es un rasgo definitorio de nuestras relaciones sociales y la noté muchas veces en actitudes de mis compañeros de carrera. La homofobia está en mayor o menor grado en todas partes y cruza transversalmente nuestras relaciones sociales e instituciones. Algunas veces se viste de hipocresía y eufemismos, otras veces de violencia pura y dura; siempre es dañina.

Lo bueno es que desde, más o menos, los 12 años empecé a darme cuenta de que no era yo el que estaba bajo constante escrutinio divino, sino que la misma existencia de Dios estaba en tela de juicio. Me di cuenta de que las verdades religiosas ocultaban grandes mentiras. Siempre me interrogué mucho acerca de la existencia y luego sin poder volver hacia atrás comencé, por fuerza de la razón, a ser agnóstico. Entonces ya no era Dios mi persecutor, de él había logrado deshacerme, pero no de la presión social, familiar y las normas culturales, jurídicas y éticas de occidente, que claramente siguen siendo judeo-cristianas y castigadoras.

A los 17 años me enamoré de un compañero de liceo (sí, liceo, no colegio) que iba un curso más abajo. Por primera vez experimentaba ese tipo de sentimientos tan puros. Por primera vez le contaba a alguien, nervioso y alegre, que no me gustaban las mujeres, a él, a mi compañero, y empezaba de esa manera a correr el velo. De él me enamoré. Ese episodio me dijo que ya no había vuelta atrás, que mi gusto por los hombres era algo definitivo, no casual ni pasajero, algo con lo que debería aprender a convivir si quería intentar ser feliz. Él era heterosexual.

Recuerdo que leyendo a la Mistral encontré su poema “El amor que calla”. Como siempre fui curioso intelectualmente, al cabo de experimentar esos sentimientos comencé a leer sobre el amor y aprendí a aproximarme a él también a través de la razón. Mientras lo experimentaba, o mejor dicho, mientras experimentaba el “enamoramiento”, aprendí gracias a Ortega y Gasset que eran cosas diferentes amor y enamoramiento. Años más tarde, estando en la universidad y después de pololear por primera vez, leí un libro de otro pensador y aprendí que el amor es un “arte” que se aprende y se mantiene dependiendo de la técnica y el esfuerzo del artista.

Fue instalado en Valdivia cuando me explotó una depresión que seguramente arrastraba desde pequeño. Esa fue mi oportunidad para cuestionarme el mundo tal como lo concebía hasta ese momento. El orden social y sexual establecido era injusto. Había que romper el cascarón. Debía  repensar mi libertad. De ese período salí fortalecido, generé muchas dudas y comencé a resolver otras cuantas. Mi depresión se debía a años de problemas acumulados.

Cuando se lo conté a mi mamá aquella noche de febrero ya había pasado un año desde que se lo había contado a mi hermana menor y varios años desde que le había contado a los primeros amigos y a las primeras amigas. Fui preparando el terreno, armando redes y desenredando otras, diciéndolo de a poco, pensando en los pasos que debía dar y, así, empezando a construir mi camino de libertad y de tranquilidad. Perdí algunos amigos, me alejé por propia voluntad de muchos y gané muchos más. Yo creo que si bien es natural buscar la aceptación social, pues vivimos en comunidad, debe existir siempre un mínimo de amor propio que no te lleve a ser poco auténtico y a perder tu identidad. Después de decírselo a mi mamá, de su cara de conmoción y algunas preguntas más o menos típicas, le pregunté si me aceptaba y me dijo: “cómo no te voy a aceptar si fui yo quien te parió”. Nos abrazamos y lloramos. Hace años no le daba un abrazo a mi mamá.

Después de decírselo a mi mamá y a mis hermanos sentí que de ahí en adelante tenía poco que perder, mucho que ganar y con mucho optimismo, ideales y sueños en la cabeza me decidí a luchar por los derechos de la diversidad sexual. Pensé en todos los momentos que había vivido y en quizá cuántas personas que estaban atravesando y, de no cambiar las cosas, atravesarían en el futuro por las mismas infelices y desdichadas circunstancias.

Siempre tuve una inclinación natural hacia la libertad, tenía hambre de libertad y justicia. Siempre consideré que vivir escondido, sin decir lo que soy, era sobrevivir como rata de alcantarilla; en la más completa indignidad. Acomodarme al resto, con los altos costos emocionales y humanos que eso significa, no era justo para mí ni para nadie. Así, ya llevo más de dos años de trabajo constante en Valdiversa, donde conocí a personas que comparten la misma lucha, la misma causa, el mismo amor, la misma ternura.

Cada vez que estoy cansado pienso en los adolescentes que están encerrados en sus piezas sin poder confiar a nadie lo que les ocurre y pienso también en cuántos más se han suicidado. Eso me inyecta una enorme energía. Miro a mi alrededor y oigo historias de hombres que después de años de matrimonio deciden vivir su homosexualidad en libertad. Años de matrimonio y de traumas. Es difícil recuperar el tiempo. Otros aún mantienen, en infeliz autoengaño, la máscara de la familia feliz. También he conocido historias felices. Tengo amigos cuyas familias les brindan apoyo incondicional y enarbolan la bandera del orgullo más alto que sus propios hijos gays ¡Eso es hermoso!

Hace poco, estando fuera de una discoteque en Valdivia, me golpearon a mí y al chico que me acompañaba, con quien había salido por primera vez esa noche. Me pegaron por darle un beso, el tercer beso de la noche. Terminé con heridas y hematomas y él con una fractura nasal empapado en sangre. Siempre he sido sensible a la violencia homofóbica, pero sabe distinto cuando la constatas en tu propio cuerpo.

Lo que me pasó es la prueba de la necesidad de mi lucha, de la vigencia de nuestra lucha. Hoy más que nunca considero a mi sexualidad como una identidad política. Será política mientras siga existiendo opresión contra gays, lesbianas, trans y toda identidad no heterosexual. Será política mientras seamos una comunidad desplazada y marginada. Hace tiempo perdí el miedo, creo que perder el miedo es fundamental. El miedo paraliza. El poder y la violencia diariamente blanden sus puños contra nosotros y nosotras. No es necesario que nos golpeen o maten. Cada vez que hacen sentir incómoda en un hospital a una persona trans que busca atención médica, cada vez que le gritan “maricón” a un niño en el colegio, cada vez que le dicen a una niña que si es lesbiana se irá al infierno, nos están aplastando y humillando a todos y todas. Están ejerciendo violencia cada vez que hacen sentir vergüenza a uno/a de nosotros/as. Y si consideramos normales las expresiones “mínimas” de violencia, entonces estamos mal y nuestra sociedad tiene un futuro repugnante.

La construcción de una sociedad mejor, más humana, que ponga en su centro nuestra felicidad y que considere a las diferencias no como algo que hay que “tolerar”, sino como uno de sus valores constitutivos, es una tarea colectiva y requiere el esfuerzo de cada una y uno de nosotras y nosotros. Se requieren muchos años de esfuerzo y de educación. Comenzar por cuestionarse las cosas es imprescindible, rebelarse contra las normas de la sexualidad es sumamente necesario. Yo estuve confundido mucho tiempo porque la sociedad en que nací me hizo creer que lo que sentía y experimentaba estaba mal. Yo estaba confundido porque me pusieron en contradicciones sexo-existenciales.

Hoy creo que no soy yo el confundido, sino las personas que no comprenden lo que soy y que creen que no merezco los mismos derechos que ellas. Creo eso porque considero que soy valioso al igual que tú, porque me reconozco cuando te veo, soy valioso al igual que el resto, porque creo en mis sueños, en nuestros sueños, porque amo mi libertad. No hay fórmulas mágicas para vivir la vida ni la sexualidad. Cada caso es distinto, pero estoy convencido de que esa es precisamente la gracia. Nunca perder la esperanza, siempre creer en las infinitas posibilidades de ser feliz y en los sueños es un imperativo para mí. Lo digo porque estoy convencido de que “uno es más auténtico mientras más se parece a lo que ha soñado de sí mismo”.

photo by: kalyan02
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13 Respuestas a “Pedro, 25 años, Valdivia”

  1. Ivy 19 diciembre 2012 19:02 pm #

    Me emociona leer una historia de libertad de la que he sido parte.

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  2. Pablo 19 diciembre 2012 20:18 pm #

    Simplemente HERMOSO!!!

    Qué historia más motivante y fascinante. Yo también tengo 25 años y me tocó la consciencia cuando habla de los adolescentes encerrados en su pieza, pues yo sigo encerrado en mi pieza porque es mi lugar libre blindado de represiones y de máscaras, el lugar donde puedo leer cosas gay, hablar de mí mismo y suspirar sin cuestionamientos por el chico que me gusta de la U.

    Creo que el no salir del clóset, es como seguir viviendo indignamente una segunda adolescencia mental en la que si no nos liberamos, nos arruina la vida.

    Yo sólo se lo he contado a mi hermana, pero no sé cómo contárselo a mi madre y a mi hermano. Soy bisexual con preferencia hacia los hombres.

    u_u

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  3. Benjamín 17 años 21 diciembre 2012 5:03 am #

    Me da mucha pena lo que te pasó, y mucha rabia a la vez. Yo soy uno de esos adolescentes que está encerrado en su pieza. Tener que reprimir lo que soy me mata lentamente cada día, me deja sin ganas de nada, con pena, con rabia, con odio, y mil otras sensaciones que me tienen en un estado atroz. Me siento una persona observada, no porque sea egocéntrico ni mucho menos, me siento observado porque siento que se nota que soy gay, y me da mucho miedo que traten de atacarme, a pesar de que creo ser muy masculino.
    El año que está por finalizar ha sido un año asqueroso, cada día de este año me he odiado por mi cobardía que me impide enfrentar lo que soy para poder vivir tranquilo. Me odio mucho, y no me quiero, ni tampoco me siento querido. Siento que la vida así no vale la pena, porque en el fondo no es vivir.
    Tengo tanto miedo, me da miedo no ser aceptado, me da miedo que me pase algo como lo que te pasó a ti, tengo miedo de la reacción de mis papas cuando se enteren que tienen un hijo gay, y en lo que podría ser de mi si reaccionan mal, porque no creo que lo pueda resistir.
    Me gustan los hombres, es algo que acepto, pero que a la vez me tiene hundido y perdido….
    Necesito ayuda.

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    • pestañas 27 diciembre 2012 1:12 am #

      Benjamín, nosotros podemos orientarte. Lo que estás sintiendo no está bien y creo que necesitas ayuda, alguien que te escuche. No nos dices de dónde eres, pero podemos ayudarte a encontrar un psicólogo que te oriente en lo que estás pasando. Si sientes que lo necesitas, no es necesario que le digas a tus papás que eres gay, basta con expresar lo que sientes, que tienes angustia y que estás deprimido. Es muy positivo que estés ya asumido, y que lo digas aquí, aunque sea de forma anónima, es algo muy valiente. Recuerda que habemos muchos como tú, muchos que pasamos por lo mismo y que logramos superar el miedo, pero a veces no se puede solo y es necesario pedir ayuda. Cuenta con nosotros para lo que necesites, escríbenos a contacto@jovenconfundido.com
      Un abrazo,
      Equipo JC

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    • Pedro Muñoz Leiva 31 diciembre 2012 12:39 pm #

      Benjamín: me emociona mucho lo que relatas. Quizás porque es 31 de diciembre y las emociones andan a flor de piel cuando uno se pone a pensar “uf, un año más…”. Quiero que sepas que muchos pasamos por lo que hoy te ocurre a ti. Te voy a dar un consejo o quizás varios…
      Hace días me puse a pensar con cierta nostalgia en mi adolescencia y en cómo a los homosexuales se nos trunca es bella edad… la pubertad. En cómo se nos coarta la libertad de vivir aquellos primeros deseos e impulsos de nuestra sexualidad, de nuestro cuerpo; nuestras primeras ilusiones. No tenemos “primeros pololos” a los 16 años, no podemos contarle a nuestros padres que “nos gusta tal o cual niño del colegio” y así un largo etcétera.
      Yo tengo 25 años y estoy en otra etapa de mi vida, pero no sabes cuánto me hubiese gustado ser un poco más consciente y valiente a los 17 años… Tú tienes 17 años, Benjamín. Vive tu vida, reconcíliate contigo mismo, despréndete de todas tus culpas y miedos, experimenta, ama, ríe, llora, ilusiónate y no te odies; ámate cada día y agradece los desafíos frente a los que te puso la casualidad. Adolescencia hay una sola y es irrepetible… vívela en libertad. A tus 17 años tienes todo el potencial para que tú te construyas a ti mismo con un gran ser humano. En la edad que estás atravesando se definen muchos aspectos de tu personalidad que te acompañarán durante toda tu vida. En esta edad definirás si en el futuro recordarás momentos felices, aunque no exentos de tristezas (porque en esas dualidades está la gracia de nuestra existencia) o te recordarás a ti mismo como un niño traumado, lleno de trancas que de adulto te resultará difícil echar afuera.

      Mi invitación es a darte una oportunidad: la de comenzar el largo camino hacia tu realización y hacia tu felicidad. Hoy hay muchas mas posibilidades de armar redes, de encontrarte con amigos gays en el camino; existen instancias como Joven Confundido que ayer eran impensadas en nuestro país…

      Proponte que este nuevo año serás feliz.

      Un gran abrazo para ti :)

      Pedro.

      PD: Disculpa el desorden de la redacción

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  4. Pablo 23 diciembre 2012 1:06 am #

    Me emocioné hasta las lágrimas…

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  5. luis 23 diciembre 2012 14:48 pm #

    eres una leyenda, mas en nuestro pueblito chico.

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  6. Juanpablo 24 diciembre 2012 1:18 am #

    Admirable texto!, A mi también me han gritado “Hueco” y “maricón”, me lo han gritado personas que no se dan cuenta de la valentía y las gonádas que requiere asumirse uno mismo como homosexual, y decir frente al espejo “Sos Gay, y eso no tiene nada de malo, viví tu vida, es lo que vale la pena” si a eso sumamos los litros de valor que vertimos al tener que luchar contra la corriente de la enseñanza sistematizada de la homofobia y la heteronormatividad, de maricones, francamente, tenemos muy poco.

    Aunque pocas personas de mis circulos les he dicho “soy gay” no me importa si se dan cuenta, vivo una vida tremendamente ocupada con mi trabajo como arquitecto, mi personalidad es la de un típico hombre de 26 años pero si me preguntan: “por qué no tenés novia”, simplemente respondo: “porque no la busco, lo mio son los hombres”.

    Hace poco tuve una cita con una persona algo mayor que yo, fue algo meramente platónico, pero tuvimos una increible plática sobre la forma en que vivimos en esta sociedad, él y yo en generaciones diferentes; cuándo me invito a su casa, y yo no quise, me di cuenta que soy más activista que gay activo; desde mi trinchera he tratado de luchar por la igualdad, la tolerancia y la aceptación de la comunidad de diversidad sexual, en mi país (Guatemala) hay muchísimo trabajo por hacer, los crímenes homofobicos pasan a diario en la más completa impunidad, me atrevería a decir que Chile lleva el doble de camino recorrido; pero tu relato me anima a seguir buscando opcioens para participar como miembro militante en pro de la ansiada armonia. No somos ciudadanos diferentes, simplemente buscamos la garantía que nuestros derechos son iguales, queremos armonia y aceptación dentro de la sociedad a la que pertenecemos.

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  7. Javier 25 diciembre 2012 4:33 am #

    excelente testimonio. Me gusta ver homosexuales con preocupaciones sociales.

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  8. Pedro 25 diciembre 2012 22:34 pm #

    luchar?, creo y lamento pensar que no conozco esa palabra, supongo que es porque nunca he sentido las fuerzas y la razón para hacerlo, pero me alegra saber que por lo menos hay gente que lo hace, y quizás por mi felicidad algún día también lo haga yo… saludos!

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    • pestañas 27 diciembre 2012 0:58 am #

      Hola Pedro, creo que a todos nos llega el momento. Es bueno que te des cuenta de que no eres el único y que es posible conocer a otros como tú. Ten paciencia y no te desanimes, hay muchas opciones y todos merecemos ser felices! :)

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      • Pedro 27 diciembre 2012 22:17 pm #

        sabes? a pesar de todo la verdad aún confío y tengo esperanza aunque a pesar me siento un poco mal por mi poca experiencia, supongo que hay un momento para todo y para todos, ja la esperanza es lo último que se pierde, ya que la vida sería bastante tormentosa sin el poder de creer en un futuro mejor, saludos

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  9. el diario vivir de una mujer transexual chilena 27 mayo 2013 5:18 am #

    Estimado pedro, creo que es un maravilloso testimonio de vida, que refleja que muchas veces la libertad nos la quita el que otros piensen que no estamos considerados dentro de lo correcto, normal o hetero normativo, que que eres muy valiente y compartimos varias cosas en común yo soy transexual también estudié en la universidad austral de valdivia, también me golpearon por ser yo, y encontré justicia pero no la oficial, porque en esos años 2005, 2006 no existía el tema, no existía la justicia para nosotras y nosotros. Te aliento a que sigas en tu lucha y que siempre aprendas de aquellas experiencias que intentan minimizar nuestras fuerzas y nuestras autoestimas. De la nada surgen valiosos líderes que harán los cambios necesarios para que logremos una sociedad sin homofobia, transfobia y lesbofobia. Falta mucho pero no es imposible. Besos y abrazos de mi, Claudia

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