Diego, 34 años, Boston

Hace tiempo tenía ganas de mandar mi testimonio esperando que si alguien lo lee crea que de verdad existe un buen futuro.

Creo que pasé lo mismo que la mayoría ha pasado en la aceptación de su sexualidad.  Estudié en un colegio y en una universidad católica, mi familia no tiene religión, pero de todas formar tenía una visión crítica de la homosexualidad, o al menos eso pensaba yo.  Por consiguiente, me costó mucho llegar a aceptarme como lo hago ahora a mis 34 años.

Viví esa época de confusión con relaciones esporádicas, ocultas y culposas, hasta que tuve una relación más menos duradera a mis 24 años y comencé a darme cuenta que no existía una vuelta atrás a la heterosexualidad. Sin embargo, no lograba aceptarme, y eso llevó en parte a que mi relación fracasara. Fue entonces cuando viví mi primera gran pena de amor, recién a los 27 años, la que viví solo, pues nadie de mi familia y amigos cercanos sabía que tenía una relación de pareja de largo tiempo.

Para explicar mis sentimientos tuve que mentir diciendo que tenía crisis de angustia, pero la mentira comenzaba a ser intolerante y ahí, en un momento en que me sentía en el suelo, dije por primera vez la verdad a mi mamá. Su reacción fue de absoluto apoyo, y recién ahí comencé a contarles a mis amigos y familia lo que me pasaba, y no sólo me sané de esta “pena de amor”, sino que pude reconciliar las dos vidas que llevaba en paralelo.

Pasó el tiempo, y bueno, encontré un “nuevo amor”.  Él es mucho más joven que yo, 6 años, y para ese entonces estaba terminado él la universidad y yo ya llevaba un tiempo trabajando. Esos años diferencia se notan en la forma en que enfrentamos nuestra aceptación como gays ante el mundo. Él mucho más decidido se lo había contado a sus amigos y el único tema que quedaba pendiente eran sus papás.

No fue fácil, sus papás eran católicos conservadores, pero al poco andar y por el amor que le tienen a su hijo, nos fueron aceptando y yo también aprendí a vivir con ellos.  Al principio me daba miedo ir a su casa, luego iba, pero cuando habían eventos familiares me arrancaba, hasta que un día mi suegro me dijo “si te vuelves a ir, nosotros no vamos hacer ninguna reunión familiar más, tienes que entender que eres parte de nuestra familia”.

Y así fue, comencé a ir a los cumpleaños, navidades, etcétera. Sin embargo, nunca quedaba del todo claro cuál era mi rol, “el amigo” o “el pololo”.  Esta situación nos acomodaba a todos, menos a mi mamá, ella un día encaró a mi pololo y le dijo a él que hace mucho tiempo era aceptado como mi pareja en mi familia, pero ella cuando estaba con sus papás, sentía que nunca se podía tocar la real naturaleza de nuestra relación. Así nos dimos cuenta que no bastaba con ser aceptado como un ente físico en la casa, sino que también tenía que aceptarse mi rol en su familia, el pololo o su pareja.

Al poco tiempo de la mencionada conversación, mi pololo se ganó una beca para estudiar en Boston.  En la comida de despedida con toda su familia, es decir, abuelos, tíos, primos, hermanos y amigos,  todos comenzaron a decirle parabienes por su futuro viaje.  Cuando habló su mamá, ella comenzó agradeciéndoles a sus abuelos, tíos, hermanos, primos y amigos por el apoyo que le habían dado a su hijo, mientras tanto yo pensé “bueno, otra vez soy el amigo”, justo en esos momentos ella dice mi nombre y me reconoce como la pareja de su hijo.  Fue ahí que por primera vez nuestras dos familias nos reconocían como lo que éramos.

A pesar de lo que he contado, y que creo que fue muy importante en nuestro crecimiento de pareja, me falta algo que lo fue aún más. Cuando él se fue a Boston y yo me quedé en Chile trabajando, comenzaron los problemas que cualquier pareja puede tener a la distancia, pero nosotros llevábamos 5 años juntos y queríamos seguir estando juntos.  Fue entonces cuando estando yo ya en Boston, decidimos impulsivamente casarnos.

Averiguamos y era un trámite muy sencillo, yo sentía que esto no me iba a cambiar mucho, porque  ya me sentía casado y no creía que una cuestión legal pudiese cambiar de alguna forma mis sentimientos.  Avisamos a nuestras familias que nos casábamos la semana siguiente, y cuál fue nuestra sorpresa, fuimos tratados de egoístas por no querer que nuestras familias estuvieran presentes y nos imploraron que lo retrasáramos una semana para poder estar presentes.

Así, el día de la ceremonia estaban presentes nuestras familias y algunos amigos que teníamos en Boston.  Ninguno de los dos sabíamos cómo iba a ser tal ceremonia, pensábamos que iba a ser igual que en Chile, un trámite y listo, pero la cosa fue muy distinta.

Primero que nada, la ceremonia era en el salón más importante que tenían en el “City Hall”, por ende nos sentimos intimidados por la solemnidad del lugar.  Luego, la “jueza” nos dio un gran discurso sobre lo que era el amor, la confianza y la amistad.  Fue en ese momento que de verdad sentí todo el peso de lo que estábamos haciendo, que le estábamos diciendo a toda la gente que nos acompañaba que nosotros nos amábamos y que éramos una familia, que queríamos pasar nuestra vida juntos y que no teníamos vergüenza de ser lo que éramos.

Cuando nos declararon esposos ante la ley, fue una emoción enorme, no sólo me sentía reconocido por mi familia y amigos, sino que ante esa sociedad yo era un igual, con derechos y obligaciones.  Por primera vez nos dimos un beso frente a nuestros padres, pues nunca antes lo habíamos hecho, y pudimos ver en sus caras, en la de nuestros hermanos y amigos, que ellos nos reconocían como un matrimonio.

Si me animé a contar mi experiencia es porque creo que la clave para ser feliz como gays es aceptarse, si no te aceptas tú jamás te van aceptar los otros.  Yo viví con miedo y por culpa de eso viví una relación de pareja en las sombras.  Pero me acepté y logré que me aceptaran, y puedo ahora disfrutar el cariño y el respeto de mi familia y amigos que me ven como un igual.  Y también, he vivo las ventajas de estar en una sociedad tolerante e igualitaria, y estoy seguro que más tarde que nunca Chile también lo será.

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8 Respuestas a “Diego, 34 años, Boston”

  1. Pablo 26 julio 2012 17:21 pm #

    Qué historia tan bella. Me hizo casi llorar de imaginarme a mi involucrado en algo tan lindo como el que las familias de ambos lo acepten y hasta quieran estar en la boda.

    Muchas felicidades :)

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  2. luigi 26 julio 2012 19:19 pm #

    La verdad una de las mejores historias que he leido desde que tengo visitando esta pagina. Diego tu historia me dio ganas he ilucion de que no por un tropieso uno tiene que caer, si no aprender y daber que este donde este uno tiene su media naranja. Gracias por compartir esta etapa de tu vida con nosotros y me enorgullese saber que cada vez abemos mas gays que buscamos una vida normal y no solo SEXO.

    GRACIAS de todo corazon.

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  3. Maca 26 julio 2012 21:43 pm #

    ¡Qué linda historia!

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  4. naty 12 septiembre 2012 17:43 pm #

    que bello!! lloré en la parte del beso jajaja!! felicitaciones :)

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  5. Mauricio 17 noviembre 2012 1:36 am #

    Lo mejor que he leído aquí! quiero eso!!! Felicidades y larga vida al amor!

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  6. marco 18 diciembre 2012 13:26 pm #

    Uhh lloré cuando tu suegro dijo qe nunca má haría una reunión familiar si te ivas :(
    qe emoción … y la junta en Boston y todo …
    las familias reunidas .. !!
    tu história me sirve de experiencia … no sé si algún día me case pero lo tendré
    en cuenta en mi persona.
    abrazos.
    :)

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  7. Pedro 6 enero 2013 16:11 pm #

    waaa que emocionante tu historia!! me imaginé a mi viviendo tu vida y la verdad me emocioné mucho, ahora quisiera vivir la mía y moldearla a mi manera, saludos!

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  8. Daniel 17 julio 2014 23:40 pm #

    Lloré con tu relato. Muy hermosa historia, te deseó mucha suerte y bendiciones! Gracias por animarnos y demostrarnos que sí se puede. Me rompió en especial el corazón lo que te dijo el padre de tu novio “si te vuelves a ir, nosotros no vamos a hacer ninguna reunión familiar más, tienes wue entender que eres partes e nuestra familia”.

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