Sandy, 21 años, Barquisimeto, Venezuela.

CrystalNadie en el mundo debería desear ser otra persona, lo sé, me miro en el espejo e intento convencerme de ello cada día, sin embargo, esa sensación sigue allí. Desayuno con una mezcla de frustración, enojo y  apatía, estoy molesta conmigo misma, ¡tengo veintiún años! ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Si el camino a seguir está claro,  la universidad, la independencia, la familia. ¿Qué está mal? ¿Por qué desearía desvanecerme? No soy una buena hija, ni una buena amiga, ni siquiera sé ser una buena mujer. Debería estar durmiendo, descansar contribuye con la belleza, ¿no es un hecho científico? Debería aceptar la invitación a salir de ese chico que conocí hace un par de años, no está mal, ¡a mi vecina le encantó! ¿A mí? Bueno, yo me sentiría más cómoda en una cita con mi vecina.

Pero eso está mal. Ella no me gusta, no de esa forma química que se supone que debe producirte esa persona, sólo quería poner en manifiesto el rechazo que me produce la idea de hacer contacto físico con un hombre en la actualidad, ¡ah! Pero no nos pongamos dramáticos, mejor hablaré de mi familia, todo viene desde la crianza, ¿verdad? No crecí con mi padre, aunque le he visto de vez en cuando a lo largo de mi vida, vivo con mi madre, una mujer muy fuerte y hasta cierto punto, divertida. Tengo una hermana y un hermano, de 27 y 29 años respectivamente, ambos tienen hijos y aparentemente no han tenido problemas con aquello de conseguir una pareja y formar el canon familiar, ¡adiós a la teoría de la crianza! El problema es sólo mío.

No tengo una historia tormentosa, tuve un par de novios e incluso relaciones sexuales, que ¿para qué inventar? Si placer fue una palabra desconocida en esos encuentros, ¿será que además de todo soy frígida? Imagina. Hace quizás dos años, besé a una mujer, “¡qué asco!” diría mi mamá, ¿no lo mencioné? Si es lo que dice cada vez que en la televisión hay alguna muestra lésbica, con cierta saña, si se me permite especular, que no es estúpida y algo sospecha. Pero a mí me encantó. Y es que sí, no me gusta Pedro, sino Lisa, no volteo a ver a John, sino a Marisa, ¿o a veces volteo a ver a ambos? ¡Yo qué sé! Verás, querido/a desconocido/a, como tú crecí en un mundo de heterosexuales, en el que una idea diferente es una aberración, ¡pero mi cerebro no lo entiende! Allí se juega una batalla que parece estar volviéndome loca.

Literalmente loca, desde hace quizás un año estoy confinada en mi casa, antes de que todo me abrumara solía tener amigos, pero los perdí, uno a uno, otros por lote, no les respondí las llamadas o los SMS, ¿para qué? Si no me apetece y se irían de todos modos si les contaba lo que me sucedía. La cuestión es que ya no me apetece nada, unos días duermo mucho y a veces ni un poco, he cambiado de carrera tres veces y ni siquiera se trata de que no me gusten, la que no me gusta soy yo. Me enoja muchísimo no entrar en el concepto extendido de la normalidad, no disfruto nada, ni siquiera las actividades que solían gustarme, ¡hasta he descuidado mi higiene personal! No me siento cómoda en ningún grupo, no me gusta estar rodeada de mucha gente y paradójicamente suelo sentirme ridículamente sola. El sólo pensamiento de salir me produce nauseas, vómito y hasta sudoración fría.

He ido a médicos, sí, ¿y adivina qué? Nada, pero el gastroenterólogo me cayó bien. Otro insinuó que era estrés, mi madre se rió, ¡si yo no hago nada! Alguna vez le escuché decir que era una inútil, me sentí mal, pero si me lo pienso, tiene razones. No sé cocinar, lavar o planchar, ni siquiera he tenido una buena vida universitaria, si yo no sé para qué soy buena o si siquiera lo soy para algo, juzgarla porque ella no lo sepa sería contradictorio. Sí, tengo miedo, ¡muchísimo! Todo el tiempo. Si fuera hombre nada de ésto me estaría pasando, estaría bien que invitara a salir a Marisa, mi madre no diría “¡qué asco!” de forma despectiva, yo sería lo que ella esperó siempre que fuera, lo que todo el mundo esperó que fuera, lo que yo estaba esperando ser. ¿Y qué me da más miedo? Como a todos los que he leído en este y otros sitios webs, la reacción, tengo mucho miedo ¡y lo detesto!

¡¡Estoy tan molesta!! No con los demás, ¡conmigo! Ahora soy una suerte de asexual. Esto no me pasa a mí, esto es algo que la gente ve en documentales y agradece no ser como “ellos”. Pero aún más temor me produce perder toda mi vida, mis estudios, mi empatía social si es que aún me queda un poco, temo no poder integrarme nunca más. Sí, debería estar durmiendo, no llorando de una forma insulsa frente a un inerte monitor, ¿de qué me va a servir? ¡Son las tres y cincuenta de la madrugada! Un día más y la voluntad es cada vez es menos. Quizás alguien lo lea, quizás no, quizás me sienta mejor si un incógnito en el otro lado del mundo me dice que tampoco es lo que quería ser, que también llora como si tuviera dieciséis, que está abrumado, que no sabe qué hacer, que no quiere hacer nada.

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Una respuesta a “Sandy, 21 años, Barquisimeto, Venezuela.”

  1. JuanEs1eban 3 octubre 2014 11:33 am #

    Bueno, es claro que la estás pasando muy mal en este momento. La verdad cuando las cosas se ven así de negras es porque uno las pinta de ese color, uno se esfuerza todos los días y a cada momento en buscar una solución mirando todo lo negativo y reforzando esas ideas.

    A mi me ha pasado y me sigue pasando. He encontrado personas que me han dado su apoyo y de formas que jamás soñé.

    Y aunque no quiera admitirlo, por ver las cosas más negras de lo que son, ahora estoy mejor – a 3 años y medio de atreverme a salir de mi zona segura- A costado, he sufrido, he llorado pero también he logrado conocer la felcidad, el amor y todas esas cosas que salen en el cine y las novelas.

    El miedo sirve para saber que algo nos pasa y hay que escucharlo, no esconderse de él. Nos toca a nosotros decidir si estamos listos para enfrentarlo o retroceder.

    Aún así las cosas no cambian si uno se queda sin buscar la felicidad. El primer paso es el que más asusta, eso no se niega. La felicidad no está en lo que dicen o lo que esperan los demás, la felicidad llega cuando uno se reconoce por quién és en toda su dimensión, sin miedos. Después de todo, si uno tiene miedo que lo juzguen os demás ¿Por qué uno mismo tiene que juzgarse primero y de forma tan dura si deveríamos querernos?

    Al final, el camino que uno transita muchas veces lleno de dolor vale la pena, porque al final lo vale por la felicidad con uno mismo y con las personas que eliges.

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