Ignacio, 25 años, Viña del Mar

espejo

Siete. Siete es el número que marca el tiempo que llevé viviendo en extrema confusión. Cuando tenía 17 años entré a la U. Como todos sabemos, eso genera un cambio bastante grande para la mayoría de los jóvenes, especialmente si han vivido en burbujas familiares tradicionales y conservadoras como la mía. Mi familia es evangélica, y yo también.

Bueno, resulta que en el primer año de U tuve un ramo introductorio que incluía mucha psicología. Por supuesto, analizar tantos temas profundos me llevaron a darme cuenta del mundo real y descubrir que en lo personal me atraían los hombres. Mirando hacia atrás, en realidad siempre me costó más tener amigos que amigas, no jugaba a los típicos juegos de hombre (como la pelota o pelear), y veía monitos que típicamente son de niñas (como Sailor Moon o Sakura).

Siempre fui distinto, pero nunca me lo cuestioné hasta estar en ese curso en la U. Como además soy muy curioso, empecé a buscar en internet y, claro, conocí a otros gays de la zona. Pasó el tiempo y tuve mi primera relación sexual ese año. La verdad es que fue bastante traumante, además que estaba con la confusión y la culpa que acarreaba tras mi tradición y crianza cristiana evangélica conservadora.

Así fue como pasaron siete años de cuestionamiento, de pedir tantas veces a Dios que me ayudara, que me quitara esta “carga”, que me diera un alivio. Cabe señalar que en esos siete años no tuve nunca más una relación sexual con nadie. Pololié dos veces con niñas pensando que así “se me pasaría”, pero la verdad es que no era lo mismo, no era suficiente, y seguía mirando a los hombres más atractivos de mi entorno, cuando iba al mall, en la calle, etc.

Este año (2013), llegué a un punto de no retorno. En el verano hubo un momento que pensé “Ignacio, vas a cumplir 25 años y no has vivido como tal”. Me propuse aventurarme a hacer cosas que nunca antes había hecho. Tomé alcohol por primera vez (y lo disfruté), me atreví a decir cosas que pensaba, y me atreví a volver a buscar alguien para un encuentro sexual. Lo hice, y por cierto me cuestioné mucho el tema, me sentía culpable, y la presión que cargaba me hizo colapsar. Fue la gota que rebalsó el vaso. Hablé con una amiga quien me instó a aceptarme como soy, y el 7 de abril asumí que soy homosexual.

No fue fácil, estaba confundido, pensaba que todo se iría “a la punta del cerro” en cuanto mi familia supiera, pero me sentía aliviado. Le conté a mis amigos más cercanos, quienes me dieron todo su apoyo. Conocí nuevos amigos que me apoyaron y curiosamente me contaron que ellos han pasado o están viviendo historias similares a la mía, con familias muy religiosas.

En eso, decidí hablar con mi mamá. Le escribí una carta contándole lo que pasaba, porque no me atreví a hacerlo en persona y la presión de estar viviendo una doble vida era demasiada. Por supuesto, fue un desastre. Mi mamá lo tomó muy mal, al igual que las otras personas de mi familia que lo saben que son pastores y líderes dentro de la iglesia. Fueron días en que mi mamá al menos tres veces al día me decía que se me pasaría, que saldríamos adelante, que me curaría de esta enfermedad. Todo eso me hizo mucho mal, y pensé en huir de mi casa más de una vez.

Entonces, decidí buscar ayuda. Hablé con un profe de la U que es abiertamente homosexual, quien me brindó grandes consejos para enfrentar a mi mamá. Resulta que él también es parte de la Fundación =Iguales, así que tenía harto de donde orientarme (además de contarme de este sitio web). Entre las cosas que me dijo, me contó de un amigo que también era evangélico y que en su iglesia no tenía ningún problema. Así fue como conocí a ese amigo y su iglesia, donde me han recibido con los brazos abiertos, sin importar mi orientación. La verdad es que me he sentido en casa junto a ellos.

Quise escribir esto porque, si bien aún mi papá no sabe, las cosas no han sido tan terribles como pensé que serían. Pensé que me echarían de la casa, pero no ocurrió, sino que cada día me dicen que me quieren mucho aunque no están de acuerdo. Con el tiempo, mi mamá dejó de tocar el tema. Bueno, yo tampoco lo he tocado, pero quiero que todos los que tal vez se sienten o han pasado por lo mismo que yo sientan que hay esperanza, que la religión no es impedimento para ser quienes son, porque Dios los ama y la homosexualidad no es pecado (tengo varias razones teológicas de peso que me respaldan, pero que sería muy largo explicar acá).

Ahora, pasados 4 meses, puedo decir que estoy bien. Estoy feliz, e incluso llevo casi tres meses de feliz pololeo. Mi pareja también ha sido un pilar fundamental en todo esto y, aunque suene apresurado, tenemos planes de vivir juntos en un tiempo más. Sé que será difícil cuando salga de mi casa y le cuente a mi papá, pero es un paso necesario para poder ser realmente feliz.

Si comparo como me sentí por 7 años a como me siento ahora, sin dudas prefiero ahora, porque ya no soy hipócrita con una doble vida, sino que soy mucho más honesto siendo yo mismo, sin fingir ni ocultar nada. Es difícil, es cierto, pero esa sensación de hacer las cosas bien es mayor que todo.

Ánimo a los que están en problemas, porque al final, todo mejora.

Saludos!

photo by: aguscr
4 comentarios URL corta
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4 Respuestas a “Ignacio, 25 años, Viña del Mar”

  1. Andrés 9 agosto 2013 21:53 pm #

    Tu historia es muy buena, que alegría que todo al fin se te haya aclarado, te deseo mucha suerte y sugue adelante siendo quien realmente eres.

    Un abrazo!!

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  2. Ignacio 17 agosto 2013 9:38 am #

    Gracias Andrés… Desde que la escribí han pasado muchas cosas, pero creo que todo va muy bien hasta el momento. Un abrazo!

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  3. meamoporquemeama 8 septiembre 2013 1:22 am #

    Es algo muy parecido a lo que me pasó a mi pero gracias a Dios mis padres y mis hermanos me han apoyado el 100% sigue adelante Ignacio, que tenemos trabajo, para con los jóvenes que le viven pidiendo perdón a Dios por ser gay, sin saber que él les ama, un abrazo!!!! desde Punta Arenas

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    • Ignacio 9 septiembre 2013 15:53 pm #

      Estimado, muchas gracias por tus palabras, justamente en eso estoy. Un abrazo fuerte desde Viña del Mar.

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