La marcha por la felicidad

El pasado sábado 25 de junio, más de cuarenta mil personas marcharon por el centro de Santiago. No hubo destrozos ni bombas lacrimógenas, porque el mensaje que querían transmitir era de amor, no de odio.

Los asistentes le demostraron al país que conceptos como la libertad, la igualdad y la no discriminación son universales, independiente de la orientación sexual. Marcharon porque ven que, a pesar de que nuestra Constitución dice que todos los chilenos somos iguales, pareciera que hay algunos que son más iguales que otros.

Los amigos y familiares de gays y lesbianas querían manifestar su rabia porque sus seres queridos no tienen los mismos derechos que otros. Querían señalar la injusticia que constituye el hecho de que ellos se puedan casar pero sus pares no. Querían dar testimonio de lo hostil que puede llegar a ser la sociedad con algunos de sus miembros solamente por haber nacido distintos a la mayoría. Incluso quienes no tienen contacto con minorías sexuales fueron a marchar con sus familias para que sus niños aprendieran desde chicos los valores del respeto, de la igualdad, de la aceptación y de la inclusión.

El ambiente que se respiraba era de una inmensa alegría. Y la composición del público era muy diversa: jóvenes confundidos adolescentes que comentaban las excusas que tuvieron que inventar en sus casas para poder asistir, jóvenes exconfundidos que celebraban a modo de triunfo personal –y de paso aprovechaban de cotizar el mercado–, adultos que disfrutaban el hecho de poder andar por primera vez de la mano con sus parejas en la calle, viejos históricos del activismo que veían con satisfacción que su lucha no estaba perdida y que los cambios en Chile sí eran posibles.

En el mundo ideal, esta marcha no existiría. No sería necesaria. Tampoco sería necesario hablar de todos los temas que abordamos en este sitio: ¿Cuándo salir del clóset? ¿A quién contarle primero? ¿Cómo conocer gente parecida a mí? ¿Cómo lograr que no me echen de la casa? ¿Cómo enfrentar el bullying? Pero aún es necesaria, porque a algunos chilenos todavía les importa más el “qué dirán” que la felicidad. Algunos chilenos probablemente no saben que existe esta realidad del clóset. Otros, probablemente lo saben pero prefieren que se quede así, oculta en la marginalidad. Así se evitan situaciones incómodas.

Con esta marcha multitudinaria quedó demostrado que este tema no es de unos pocos sino de todos. O al menos de todos los que no quieren vivir amargados sino felices.

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Una respuesta a “La marcha por la felicidad”

  1. Daniel 23 julio 2011 3:10 am #

    Debo decir que fui a la marcha con unas amigas y fue increíble, el ambiente, la gente, todo sorprendente.

    Con eso de ‘jóvenes confundidos adolescentes que comentaban las excusas que tuvieron que inventar en sus casas para poder asistir’ me sentí más que identificado, jajaja.
    Después, en el auto con mis papás les conté a qué había ido y cómo lo había pasado, increíble, al principio se sorprendieron, pero después de un rato lo tomaron con humor porque nunca imaginaron que yo iría a una marcha, jajaja.

    Marchas y convocaciones así de masivas encuentro que son excelentes para crecer como país y más importante, como sociedad.

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