Carlos, 23 años, Santiago

Yo jamás estuve confundido. Para mí los confundidos eran los demás. Recuerdo que cuando estaba en la básica y empezaba la época en que a los niñitos les gustaban las niñitas y viceversa, a mí me atraía todo el mundo. Yo, que no fui educado (o traumado más bien) desde un punto de vista conservador, jamás se me ocurrió que mi condición fuera un problema. Era abiertamente bisexual a mis tiernos 12 años.

Lo sorpresivo fue que, en general, mis compañeros de curso crecieron conmigo y eso hizo que no hubiese nada que aceptar por parte de nadie, porque la cosa era así. Estaba en un colegio laico, particular subvencionado, de familias de clase media-baja y con una educación sexual prácticamente nula. Entonces, por ese lado, nuestra formación estaba muy poco “intervenida”. Ahora que lo pienso, a mí siempre me llamó la atención el sufrimiento que significa para miles de mis pares el tener que enfrentar su condición por culpa de una presión del entorno que yo jamás sentí.

A pesar de todo, recuerdo que igual hubo ruido en el proceso. Nicole, una compañera mía, un día me paró en seco y me dijo: “Carlos, sabes que no eres normal y tienes que dejar de tocarle el poto al Octavio”. Yo, que en ese momento le estaba agarrando (de broma) un cachete a mi compañero y amigo, me sentí muy atacado. Me habían dicho “anormal”, lo cual no era para menos. De todos modos, no entendía mucho, así que me volví hacia ella y le respondí: “… ¿Qué?” A lo que ella replicó: “Sabes que no eres normal. A los hombres le gustan las mujeres y a las mujeres los hombres. Eso es normal, tú no. Tienes que dejar de hacer esas cosas”.

La weona me cagó. Mis compañeros que estaban en pleno recorte de papeles en técnico manual (sin profesor) dijeron a coro: “uuuuyyyy” A lo que yo miré inmediatamente al Octavio, quién seguía levantando el poto apoyado en su mesa mientras le revisaba un dibujo a un compañero, pero ahora miraba hacia atrás como tratando de ver qué cosa había hecho yo que mereciera reacción del curso, sin encontrar nada. Todo esto fue en séptimo básico, por lo que la tensión sexual en el aire no era menor. Lo peor es que yo, entre descolocado y confundido, respondí: “¿En serio?” Lo que alteró mucho a mi compañera. Ella enrojeció y me dijo con un tono de niña enojada: “¡Eso po! Yo sé que te gusta el Octavio y eso no es normal! Eso es ser maricón.”

A mí me dolía la palabra maricón, porque siempre la relacioné a esos hombres viejos de cara muy maltratada que tienen actitud de señora y que por alguna razón, carecían de la simpatía de todo el mundo. Era como lo peor, aunque realmente no sabía lo que era. Entonces la miré a los ojos y le dije: “¡Obvio que sí po! ¿Cómo no me va a gustar? Si no me gustara, no me juntaría con él, así como tú. Yo me junto contigo por que eres amiga de la Valentina no más y ella sí me gusta”.

Lejos de arreglar todo, la brecha empezó a crecer. Estoy seguro de que ella, movida por el enojo, se repetía incansablemente para sí misma que yo era un maricón y que no era normal y que me gustaba el Octavio y quién sabe que más para convencerse de que era lo peor; a causa, por supuesto, de mi desprecio con el último comentario. Entonces volvió a su trabajo y dejó de discutir conmigo, refunfuñando. Para mí fue raro, yo me sentía como flotando después de eso.

Sentí como alguien a quién lo asaltan comprando el pan. Algo que jamás era de esperarse, que no tiene ni pies ni cabeza, pero que de todas maneras te taladrea las emociones. Y así fue como supe que yo también era un maricón, y me sentí igual de indeseable que los personajes en mi cabeza. Tan chiquitito y tan vilipendiado, después de que a otros 40 niños jamás les hizo problema que yo reconociera abiertamente que algún otro niño o algún hombre mayor de la tele era “bonito” y se veía bien con esa actriz o esa otra compañera por que era muy “bonita”.

Hoy en día soy un hombre homosexual de 23 años, hecho y derecho. Me siguen gustando las mujeres, pero mi impulso sexual por ellas está opacado. De todos modos, a estas alturas no sé si es por la cantidad de mierda que recibí gratuitamente de parte gente que ni siquiera estaba involucrada conmigo o si fue algo natural.

A mi familia le carga, es un tema absolutamente vetado y muchos hacen caso omiso de mi estilo de vida, pero lejos de echarme la culpa yo me sigo sintiendo como ese niño de 12 años que jamás va a entender por qué cresta está mal que a mí me guste la forma del rostro de otro hombre y me den ganas de besarlo o que en mi imaginación, la foto de enamorados perfecta me tiene a mí y a otro muchacho similar con su brazo apoyado por arriba de mis hombros en vez de una mujer delante mío.

No entiendo a quién le hace daño, ni por qué la sociedad tiene dificultades con eso. No entiendo a los homofóbicos, sobre todo a las mujeres homofóbicas. No entiendo a los y las misóginas y a todas las personas que se discriminan unas a otras a nivel de individuo por cosas inherentes a su naturaleza, desarrollando emociones super oscuras por otras personas, que a veces son cercanas a ellas.

Este testimonio no trae moraleja creo yo, pero está dedicado a la gente que se siente culpable de ser lo que son por formación, educación o religión, porque NO LO SON. Cuando somos niños, somos igual de hermosos y puros que los cachorritos. Todos venimos con nuestra naturaleza grabada desde la fábrica y por ende no somos responsables de haber sido traídos así a la vida. Estamos en el siglo XXI y gracias a las comunicaciones no hace falta cruzar el océano en barco durante meses para compartir la noticia: somos todos de la misma especie, sin importar el color de tu piel, la forma de tus ojos, la antiguedad de tu familia, la cantidad de plata que tengas acumulada o tu condición sexual. Es hora de asumirlo.

A los homofóbicos: Si yo soy homosexual, entonces tú, persona heterosexual, también perteneces a la misma especie donde algunos ejemplares se enamoran y se revuelcan con individuos del mismo sexo. Ahora envuelve eso en un papelito y trágatelo para que lo digieras, pero deja de contaminar a tus hijos con un odio y malas palabras que no les son propias.

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Cristián, 19 años, Santiago
Antes que nada me encantaría felicitarlos por lo que han construido. Llegué a la página un día por simple casualidad, y desde entonces no he parado de leer lo que muchos han escrito, pero sólo hasta ahí, ahora me gustaría poder contar lo que me pasó a mí, y qué es lo que me pasa en este momento. ...
Constanza, 17 años, Chile.
Hola JC, primero que todo quiero  felicitar a los creadores de esta página, porque creo que es un apoyo para muchos jóvenes, que tienen dudas al respecto de su condición sexual. Bueno yo quisiera contar mi testimonio: alrededor de los 5 años como todo niño chico tenemos curiosidad, teni...
Juan Sebastián, 21 años, Cali, Colombia
Hola a todos,  a veces en mi cotidianidad no dejo de pensar en algo que acapara mi corazón y mi mente, a estas alturas de mi vida, con 21 años, tendría que tener mi sexualidad definida, pero aun no sucede eso. Desde muy joven  tuve mi primera experiencia sexual con un hombre, pero antes de eso, ya m...

4 Respuestas a “Carlos, 23 años, Santiago”

  1. fernando 27 mayo 2011 10:01 am #

    Excelente!

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  2. Martín 27 mayo 2011 12:14 pm #

    nada más que decir… que… Carlos tienes TODA la razón… hay a muchos que les hace falta ese refuerzo positivo.
    slds!

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  3. Manola 13 junio 2011 13:42 pm #

    Me gustó mucho lo que escribiste. Excelente.
    Es lamentable como la sociedad naturaliza y, finalmente cristaliza aspectos, o totalidades en nuestra cultura impidiéndonos avanzar.Pero creo que a poco a poco esta postura tan rígida y convencional se flexibilizará, y se comprenderá finalmente que la vida es construcción continua, y más que heterosexuales, homosexuales o bisexuales, somos personas. :)

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  4. Denisse O 4 octubre 2011 16:55 pm #

    Notable, me encanto tu actitud!

    Buena la nota final!

    Sacaste aplausos!

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